Texto para el programa de mano del concierto Regalo para un centenario en homenaje a Gustavo Torner, integrado por obras de los académicos compositores de la Sección de Música de la real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid, 24 de junio de 2025)
El mundo de Torner es un mundo equívoco y borgesiano. En él se confunden realidades y apariencias. Los opuestos se tocan; nada es realmente lo que parece ser y cada cosa tiene algo de todo. Estamos en el mundo de las equivalencias, de las metáforas visuales donde el brillo sobre el filo de un cristal roto se transforma en horizonte de mar y donde seis metros de acero inoxidable valen por la inmensidad del cielo. (FERNANDO ZÓBEL)
Gustavo Torner y Fernando Zóbel (h. 1965)
Foto: Fernando Nuño
Conocí a Gustavo Torner hacia el final de la primavera de 1982. Yo era entonces profesor y Secretario del Conservatorio Profesional de Música de Cuenca, y el director del centro, Pablo López de Osaba, lo era asimismo del Museo de Arte Abstracto Español, fundado por Fernando Zóbel en 1966 en estrecha colaboración con Torner, copresidiéndolo ambos durante los primeros años hasta su donación a la Fundación Juan March en 1980.
A última hora de una soleada mañana de junio 1982, una vez terminada mi jornada matinal en el Conservatorio, situado en el antiguo edificio de la Audiencia, y con el fin de cobrar un poco de resuello después de subir la empinada cuesta de la calle Alfonso VII, hice un alto en el trayecto hacia mi casa, a mitad de la calle San Pedro, deteniéndome en el Restaurante Mangana de la Plaza Mayor. Allí, acodados en la barra delante de sendas copas de vino, estaba López de Osaba echándole un buen rapapolvo a un hombre de mediana edad que le miraba con aire estupefacto. "Pero ¿cómo me puedes decir que no sabes quién es Sebastián Durón? -le recriminaba- ¡Es como si yo te digo que no sé quién es Berruguete!". La comparación me pareció totalmente desproporcionada, pero la regañina no pasó de ahí, porque al verme llegar interrumpió el discurso para presentarme a su acompañante, que no era otro que Gustavo Torner. La referencia a Durón venía a cuento porque a las pocas semanas iba a tener lugar en Cuenca un ciclo de óperas de cámara en el que se incluía su ópera La guerra de los gigantes, ciclo también dirigido por López de Osaba en colaboración con el Instituto de la Juventud, y en cuya programación figuraba también mi ópera de cámara Ligazón, sobre texto de Valle-Inclán.
Al contrario que a Fernando Zóbel, al que traté bastante en mis años conquenses -y en cuya memoria escribí en 1985 mi obra Exequias, que fue encargo de la Semana de Música Religiosa de Cuenca-, no fue así con Torner, que en esos primeros años de la década de los 80 del pasado siglo solo visitaba Cuenca de forma esporádica; pero fue lo suficiente para compartir con él algunas charlas que, inevitablemente, hacía derivar hacia la figura y la obra de Stravinsky.
En cualquier caso, fue en Cuenca donde comencé a valorar la obra de Gustavo Torner, llamándome poderosamente la atención su inteligente y sensible utilización de las formas geométricas puras -cuadrados, círculos, triángulos, cubos- en combinaciones llenas de ingenio, expresividad y fuerza estructural. Me impresionó vivamente una visita al monumento conmemorativo del VI Congreso Mundial Forestal, más conocido como Monumento a la madera, erigido en 1966 en el paraje "Tejadillos", junto al río Escabas, en la Sierra de los Barrancos de la Serranía de Cuenca, con la idea del cubo sólido suspendido -o inscrito- dentro del cubo etéreo sugerido por la estructura de madera en la que se inserta.
E igualmente emocionante es la variación de esa misma idea que desde 1986 -veinte años después-, y con el nombre de Monumento a la Constitución, corona la Plaza Mangana de la capital conquense, en que el mismo cubo sólido, igualmente suspendido, parece querer escapar de su contenedor, que ahora toma la forma de compuertas u hojas de libro transparentes que se abren para facilitarle el vuelo.
Interesándome por igual su doble faceta de pintor y escultor, he de reconocer que creo que es en esta última donde ha producido sus obras más logradas y las que han conseguido una mayor comunicatividad, sin duda porque su planteamiento encaja a la perfección con los espacios urbanos en los que muchas de sus esculturas han sido instaladas y que por ello han acabado resultando enormemente familiares, tanto para el entendido en arte contemporáneo como para el simple ciudadano de a pie que convive con ellas. Una de sus obras más emblemática en ese sentido es Reflexiones, de 1972, más conocida como "Los cubos", hasta el punto de que está prácticamente olvidado el nombre real de la plaza en que se instaló -Plaza de Emilio Jiménez Millas-, que en el entorno popular ha pasado a ser la "Plaza de los Cubos". Esta escultura urbana es toda una declaración de intenciones: nuevamente, una figura geométrica pura se reproduce a sí misma, de forma quasi-fractal, con una intención que seguramente en el pensamiento de Torner es de prolongarse ad infinitum, y para la que sólo el espacio disponible determina los límites físicos de su realización.
Reflexiones III (1974). (Espacio Torner, Cuenca)
La rectitud de las cosas V (1983). (Fundación Juan March, Madrid)
Algo parecido ocurre con una serie de esculturas que, con la denominación genérica de Los complementarios, ha ocupado el trabajo de Gustavo Torner durante los últimos años del pasado siglo y primeros del actual, y que me ha atraído muy especialmente por varias razones:
- En estas esculturas se parte nuevamente de una figura geométrica "pura" que en esta ocasión no es otra que el cuadrilátero. Lo que pasa es que los cuadriláteros que Torner utiliza no están nunca completos, puesto que lo que "asoma", lo que sale del pedestal en que los varios elementos están insertados es en realidad una parte de dichas figuras; el resto tenemos que imaginarlo en el interior del pedestal, y es nuestra mente la que, a través del juego de la percepción, se encarga de "entenderlos" completos para ayudarnos a suponer de qué figura se trata: mediante la aplicación de los diferentes principios de la teoría de la Gestalt (cierre, continuación, Prägnanz) podemos imaginar cómo es la parte de la escultura que "permanece oculta" –"bajo tierra"-, mas sin que nunca podamos estar seguros de que lo que creemos entender es realmente así.
- Pero en un juego magistral de distorsión de lo previsible, Torner realiza todas las esculturas de esta serie sobre una base metálica pulida, que por tanto actúa como espejo que refleja la parte interior de los elementos geométricos, dando al traste con todas nuestras previsiones y mandando a paseo nuestras expectativas antes incluso de que hayamos llegado a formularlas mentalmente. Como sabiamente apunta Fernando Zóbel en el párrafo que abre estas notas, en " El mundo de Torner … nada es realmente lo que parece ser y cada cosa tiene algo de todo".
- Una razón no artística, pero no menos importante para mi elección, ha sido que la obra que Gustavo Torner donó a la Academia como parte de su ingreso en 1992 fue precisamente una escultura de esta serie, la que lleva por título Los complementarios VI, y que puede contemplarse en el centro de la Sala 50 de la 3ª planta del Museo.
Realizada en oro sobre acero sobre una base de acero lacado, en la fotografía se puede apreciar cómo el juego del reflejo "complementa" la figura, que cobra así una nueva vida constantemente cambiante a medida que la contemplamos desde diversos ángulos.
Los complementarios IV (1992)
Complementarios torcidos (2000)
En resumen, se trata de un juego sutil entre la realidad tangible del material utilizado y la realidad inmaterial que provoca su reflejo, al que hay que sumar la realidad imaginada -si es que vale el oxímoron- de la parte de la figura que suponemos bajo la superficie.
Como ya se ha dicho en estas presentaciones, es tan imposible como pretencioso intentar reproducir musicalmente una obra plástica; pero sí se puede extraer de su contemplación y de la reflexión sobre sus diferentes aspectos constructivos una serie de ideas y conclusiones que permitan un tratamiento musical con el que aquellas estarán de ese modo íntimamente relacionadas. Eso es lo que he pretendido en Los complementarios, escrita para este concierto, en la que únicamente empleo el trío de cuerda (violín, viola y violoncello) de la plantilla total.
La pieza, de unos siete minutos de duración, está estructurada en dos secciones que, como en el juego de espejos de las esculturas, se desarrollan de forma divergente. Una sección lenta inicial se alterna por tres veces con otra rapidísima, variándose cada vez el material primeramente expuesto; y mientras la primera va perdiendo elementos en cada una de las dos repeticiones que siguen, la segunda va creciendo proporcionalmente. Como puede verse, un juego especular, pero en el que lo reflejado no reproduce la imagen proyectada, sino su estructura. Como ocurre con la escultura de "Los Cubos", la obra podría continuar ad infinitum, pero tanto la lógica como el sentido común marcan el límite máximo de su realización.
Esquema de la 1ª sección
Esquema de la 2ª sección
Reflejo estructural de las dos secciones
Esquema de la forma final, con las dos secciones alternadas
El comienzo de la obra es, en cierto modo, una declaración de intenciones que quiere recrear metafóricamente el empleo de las formas puras de las esculturas de Torner. Lo que en estas es un cubo, un triángulo o un cuadrilátero, en mi pieza es la sonoridad de las cuerdas al aire de alguno de los tres instrumentos, siempre adulterada por una nota discordante de uno de los otros dos. Y como ocurre con las leyes de la percepción, la sonoridad de quinta justa de las cuerdas al aire -carentes, por tanto, de la expresividad del vibrato- genera unas expectativas de continuación en las que el entorno modal/tonal es inevitable.
Y a lo largo de esta sección sobre todo -aunque también en la rápida que alterna con ella- son frecuentes las situaciones "de espejo", en que el instrumento aparentemente más agudo, el violín, pasa a ocupar el registro más grave, encomendándose la voz superior unas veces a la viola y otras al violoncello, generando con ello una más que apreciable tensión melódica derivada de los registros empleados.
No se busque en la audición de esta obra un paralelismo entre la música y las esculturas que le sirven de referencia. Si lo hay es puramente metafórico, y en todo caso baste con saber que sin la contemplación de esas obras y la reflexión sobre ellas esta obra habría sido muy distinta. O, simplemente, no habría sido.
Madrid, 31 de mayo de 2025
Los complementarios fue estrenada el 24 de junio de 2025 en la Sala de Actos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, dentro del concierto-homenaje a Gustavo Torner con motivo de su centenario. Fueron sus intérpretes los miembros del Trío "Andrés Segovia" (Víctor Ambroa, violín; Rocío Gómez, viola; y Carlos Sánches, violoncello.
El texto anterior, junto con los comentarios a sus obras de Tomás Marco, José Ramón Encinar y José María Sánchez-Verdú, fue incluido en el cuaderno Regalo para un centenario, publicado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en junio de 2025, con motivo del Concierto-Homenaje a Gustavo Torner.
Trío "Andrés Segovia (Víctor Ambroa, violín; Rocío Gómez, viola; y Carlos Sánchez, violoncello)
Concierto-Homenaje a Gustavo Torner con motivo de su centenario
Sala de Actos de la real Academia de Bellas Artes de San fernando
Madrid, 24 de junio de 2025
La música contemporánea española homenajea a Gustavo Torner en su centenario
Por Arturo Reverter
(Crítica publicada en la revista de Internet Scherzo. Madrid, 25 de junio de 2025)
Próximo a cumplir sus primeros cien años, el pintor y escultor conquense Gustavo Torner ha recibido un justo y merecido homenaje en la sede de la Real Academia de Bellas Artes de Madrid, en donde precisamente por estos días se ha abierto una exposición con varias de sus obras. Para la ocasión tres de nuestros mejores compositores han afilado sus plumas y enhebrado tres nuevas partituras-homenaje.
[...] Previamente escuchamos el trío de cuerda Los complementarios de José Luis Turina, una obra de rasgos melancólicos animada por ágiles pizzicati que se extingue poco a poco. Es un juego sutil entre la realidad y la imaginación, de una rara esbeltez conformada por dos secciones diferentes.
[...] La interpretación de esa variedad de evocativos pentagramas fue en todo momento estupenda, tanto en lo que respecta al Trío de cuerda y al flautista cuanto en lo que se refiere a la dotada clavecinista Silvia Márquez: agilidad, afinación, concentración y tensión. La presentación general y el comentario a cada obra estuvo a cargo del siempre sereno, pausado y preciso académico José Luis García del Busto.
Música para Gustavo Torner en su centenario
Por Álvaro Guibert
(Crítica publicada en la revista de Internet El Cultural. Madrid, 26 de junio de 2025)
El pintor y escultor ha recibido como regalo por su cien cumpleaños un concierto en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando que tiene su obra plástica como tema central.
El pintor y escultor Gustavo Torner ha celebrado su cien cumpleaños entre músicos. No es de extrañar, porque la transfiguración de Cuenca, su ciudad natal, en polo de arte, tuvo lugar paralelamente en dos terrenos: el de la plástica, gracias a Torner, Zóbel, Rueda y Saura entre otros, y el de la música. Durante decenios, casi todos los compositores españoles con algo que decir estrenaron en Cuenca, en la Semana de Música Religiosa. Algunos se establecieron allí un tiempo, para enseñar y crear en el Gabinete de Música Electroacústica. Antes de convertirse en el actual Espacio Torner, santuario de la obra de este artista, la antigua Iglesia de San Pablo había acogido el estreno de numerosas partituras. Se puede decir que Gustavo Torner ha visto siempre sus espacios rodeados o atravesados de tiempo, de música. Pocos elementos plásticos tienen una correspondencia musical tan natural como las texturas de Torner, a menudo extremadas: lo limpísimo o lo granulado. Las partituras que oímos e imaginamos ver-en este concierto fueron compuestas todas en homenaje a Torner. Tres de ellas, las de José María Sánchez-Verdú, José Luis Turina y José Ramón Encinar, escritas para la ocasión, eran estreno. La de Tomás Marco se había estrenado en París hace medio siglo.
Todas parecían surgir de claves tornerianas: sea la mencionada contraposición liso-rugoso o, subiendo un peldaño en la abstracción, la exploración creativa de la dualidad, puesto que muchos de los cuadros de Torner se desdoblan, de una forma u otra, en dos.
[...]
Para su obra "Los complementarios", para trio de cuerda, José Luis Turina toma como punto de partida los reflejos, sombras y proyecciones que abundan en las esculturas de Gustavo Torner, y concretamente, en su serie de ese nombre. Son volúmenes que se reparten por igual entre lo corpóreo y lo incorpóreo, lo percibido y lo imaginado. La obra de Turina es un juego de espejos enfrentados, esos en los que las figuras huyen en direcciones contrarias, pero dispuestos no en el espacio, sino en el tiempo; concretamente en seis secciones, tres lentas y tres rápidas que, por sus características formales, parecen alejarse unas de otras. Se tiene la impresión de que, en base a su plan formal preestablecido, Turina podría demostrar minuciosamente, nota a nota, indicación a indicación, la necesidad de cada detalle de esta partitura. Al mismo tiempo, el oyente -al menos, este-, movido por la expresividad de la obra, tiende a desentenderse de la arquitectura que la hace posible. Quizá deba ser así. El tema de las secciones lentas de "Los complementarios", sobre todo en su primera exposición, está formulado de manera profundamente conmovedora.
[...]
El éxito de este concierto, regalo de cumpleaños a Gustavo Torner, que estaba presente en la sala, se debió en buena medida a las excelentes interpretaciones del mencionado Julián Elvira, la clavecinista Silvia Márquez y el Trío Andrés Segovia, que forman Victor Ambroa, Rocío Gómez y Carlos Sánchez.