La sociedad del entretenimiento
Editorial publicado el 1 de enero de 2017 en la revista de Internet Press-Music
(Comentado por Jorge Fernández Guerra en el artículo
La suciedad del entretenimiento, publicado el 3 de enero de 2017 en la sección de Opinión de la revista digital
Doce notas)
He despedido 2016 y deseado un venturoso 2017 con un correo electrónico dirigido a todos mis contactos en el que no quería dejar pasar la oportunidad de la conmemoración del 400º aniversario de la muerte de Cervantes y de Shakespeare para enviar, como felicitación musical, dos enlaces de Youtube: uno a un fragmento de mi ópera
D.Q. (Don Quijote en Barcelona), con libreto de Justo Navarro y puesta en escena de La Fura dels Baus, estrenada en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona en octubre de 2000; y el otro a la grabación íntegra de mis
Cuatro Sonetos de Shakespeare, interpretados por el sopranista Flavio Oliver y la ORTVE dirigida por Adrian Leaper, en un concierto celebrado en el Teatro Monumental en abril de 2008.
Pero esa felicitación de año nuevo llevaba, oculta bajo el espumillón, una dosis de veneno: dejar constancia, "como el que no quiere la cosa", de que ninguna de las dos obras ha recibido a lo largo de 2016 la más mínima atención (salvo alguna excepción aislada), no ya de los programadores de conciertos (cosa para la que un compositor debe estar más que mentalizado), sino de los autodenominados "profesionales" de la información (sea ésta a través de la radio, la televisión o la prensa diaria y especializada), para los que ninguna de las obras ha existido al parecer nunca, o de haberlo hecho no ha merecido ni siquiera su mención de pasada en una simple y escolar reseña de obras musicales basadas en Cervantes o en Shakespeare, como las muchas que se han sucedido a lo largo del año que acaba de terminar.
A veces me pregunto si la crisis económica no es otra cosa que el pretexto perfecto para justificar todas las demás, porque resulta más que sospechosa la coincidencia temporal entre la reducción de los bienes y recursos y la pobreza espiritual de quienes tienen el deber de ocuparse de ellos, bien para administrarlos, bien para dar cuenta de cómo se desarrolla esa labor. Está claro que vivimos en la sociedad del entretenimiento (la "civilización del espectáculo", como la define Vargas Llosa), y que la obsesión por el "share" y la cuota de audiencia ha hecho ya sus estragos en la programación de los conciertos, con independencia de que su financiación proceda de fondos públicos o privados. Si lo verdaderamente importante no es el interés de lo que se ofrece, sino vender todo el aforo, es evidente que lo que hay que programar es lo de siempre, que cuenta con un mercado incondicional dispuesto a devorarlo una vez tras otra. Y si eso es de por sí poco admisible, menos lo es el ninguneo mediático al que la cultura y quienes la hacen son sometidos continuamente, sin otro objetivo que conducir a la masa aborregada al redil de lo más superficial.
En ese orden de cosas está claro que el creador contemporáneo está condenado al fracaso sin remedio, y a dejarse la piel en una batalla que, en las circunstancias actuales, está perdida de antemano. Pero eso es una cosa, y otra no sublevarse contra una situación tan absolutamente injusta. Lo contrario sería dar la razón, con nuestro silencio, a todos aquellos que están convencidos de que, en el fondo, tenemos lo que nos merecemos.
Diciembre de 2016
La suciedad del entretenimiento
Por Jorge Fernández Guerra
Artículo publicado el 3 de enero de 2017 en la sección de Opinión de la revista digital
Doce notas
Hace apenas dos días, en el tempranísimo 1 de enero de este reciente año 2017, el compositor José Luis Turina publicaba un texto, Sociedad del entretenimiento, en una reciente publicación digital dedicada a la música, PressMusic.com, en el ámbito geográfico catalán.
Hablaba en este texto Turina de una agria felicitación navideña que había enviado por correo electrónico a su lista personal de contactos (a sus amigos, en suma) y en la que deslizaba una amarga constatación relativa a que el ya pasado IV centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare se había deslizado ignorando entre nosotros dos de sus obras más destacadas, dedicadas a sendos escritores. Turina hablaba de una dosis de veneno en su texto. Quizá la diferencia entre amargor y veneno se sitúe justamente en la dosis.
Naturalmente, el compositor madrileño tiene tanta razón como derecho a expresar esa incongruencia que lleva a exigir a nuestros creadores esfuerzos de inventiva máximos que luego se aparcan inmisericordemente. Las dos obras que Turina cita no son poca cosa: la ópera
D.Q. (Don Quijote en Barcelona), que se estrenó en el Liceu de Barcelona en el año 2000 con un sobreesfuerzo de producción que llevaba el sello de la
Fura dels Baus, cuando este colectivo aún no sabía o quería medirse a la hora de disponer de recursos escénicos.
La ópera fue un espectáculo grandioso y un éxito notable, solo ensuciado por algunas disonancias que parecían reclamar que el compositor hubiera sido catalán. Se anunciaba que sería llevada a más de un teatro nacional, al menos. No se hizo y el enorme esfuerzo de todos (Turina, músico, Justo Navarro, libretista, la Fura, los intérpretes...) quedó en fuego de artificio. Luego pasó 2004 (centenario de la primera edición de Don Quijote), 2014 (centenario de la segunda edición) y, finalmente, 2016 (centenario del fallecimiento del escritor), y nada de nada. Se podría añadir que suerte similar corrió la magna ópera de
Cristóbal Halffter,
Don Quijote, estrenada un año antes en el Teatro Real de Madrid.
José Luis Turina cita también sus
Cuatro Sonetos de Shakespeare, estrenados en 2008 por la Orquesta de la RTVE, con Leaper dirigiendo y el sopranista Flavio Oliver como solista. Tampoco esta obra inmersa de lleno en el centenario ha sido solicitada.
Este vacío no es una cuestión personal contra un compositor muy querido, es más bien un síntoma de un hueco cultural que merece más de una reflexión. Turina eleva el tono de su queja hasta los "profesionales" de la información. Es lógico comprender el lamento del compositor, pero resulta difícil compartir una queja que se dirige a un sector seguramente colapsado, por no decir zombi.
En realidad, el tono de la reclamación de José Luis Turina remite a una situación especialmente dramática: nuestra sociedad (hablo, de momento, de la española, pero no tendría problemas en extender el ámbito bastantes fronteras más allá) ha perdido por completo el enlace con décadas de esfuerzos empleados en articular esa cosa tan sutil y delicada como es la autoestima cultural. De hecho, toda la "celebración" del año Cervantes-Shakespeare no merece otro calificativo que el de mediocre, se mire como se mire.
Pero, ¡ay!, ojalá se tratara solo de Cervantes-Shakespeare. Parece que la doctrina del "shock", situada en lo cultural, ha dejado catatónicos a todos (o casi) en un país aterrado por la ausencia de futuro y, en consecuencia, afectados por el olvido del pasado y el vértigo del presente. ¿Cervantes? ¿Quién es ese?
Podemos desmenuzar hasta el miligramo el despliegue de estulticia que se desprende de un estado de catalepsia generalizada; pero el detalle fino no nos va a ayudar a entender el fenómeno de apatía y desinterés que se asocia a una crisis que ya es letal para autoconfigurarnos como sociedad. Decía ayer mismo el escritor David Torres en su blog del diario digital Público: "El concierto de Año Nuevo quintaesencia de los peores vicios de esa etiqueta falsamente llamada música clásica. [...] Considerar la enésima repetición de los regüeldos de Léhar, Nicolai y los Strauss la cita más importante o esperada del año en este terreno demuestra hasta qué punto la música clásica está embalsamada, en coma o fuera de juego."
Concluye Turina proclamando su derecho a sublevarse. Él habla de lo suyo, claro. Pero tiene razón, si cada uno se sublevara por lo suyo dispondríamos de un ejército más temible que el de Espartaco.