Dedicadas a Elisa Roche e inicialmente escritas para grupo de cámara, el origen de estas Dos danzas sinfónicas se remonta al periodo comprendido entre 1994 y 1996, en que fueron compuestas junto con otras 17 piezas de muy diversa índole -música, danza, teatro y poesía- para actores, solistas, coro y grupo de cámara, aglutinadas todas ellas a través de la luz, el color y la invocación mágica del escenario, como parte de un espectáculo titulado La raya en el agua, en el que se integraban la música y las artes escénicas sin por ello constituir ni una ópera, ni una zarzuela, ni nada a lo que pueda darse los nombres habituales. La raya en el agua fue compuesta por encargo del Círculo de Bellas Artes en colaboración con la Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, con destino a la reapertura de la Sala "Fernando de Rojas" del Círculo de Bellas Artes de Madrid, teniendo lugar su estreno el 26 de septiembre de 1996.
Portada del programa del estreno
Programa
El hecho de que los 19 números que integraban el espectáculo fuesen totalmente independientes ha permitido que algunos -los más autónomos- hayan tenido vida propia más allá del estreno, como es el caso de las dos piezas incluidas en las Dos danzas sinfónicas, en las que se suceden las escenas VI y XVIII del espectáculo original -tituladas respectivamente Klangfarbenpas de deux y Pas de deux (Vals)-, cuya versión orquestal vio la luz a finales de 1996 como consecuencia de un encargo de la Orquesta Sinfónica de Galicia, por la que fue estrenada el 26 de marzo de 1998 en el Palacio de la Ópera de La Coruña, bajo la dirección de Gilbert Varga.
El director Gilbert Varga
En 2005 fueron grabadas por la Orquesta Filarmónica de Málaga dirigida por José Luis Temes, e incluidas, junto con otras cuatro obras orquestales, en un CD monográfico de la colección Compositores contemporáneos.
Portada del CD monográfico de la Orquesta Filarmónica de Málaga (2006)
El título alude a la Klangfarbenmelodie, procedimiento característico de la Segunda Escuela de Viena basado en un concepto tímbrico de la melodía: cada nota o grupos de notas de la serie es encomendada a un instrumento distinto, con lo que se produce una única sensación melódica realizada a través de una tímbrica siempre cambiante.
En esta pieza, la música, basada en una melodía continua sin armonizar, sólo interrumpida en las cláusulas -cada vez en una nota distinta hasta totalizar doce sonidos, completándose la serie dodecafónica del Vals op. 23 de Schoenberg-, en las que a la nota larga sobre la que se detiene se superpone una sucesión rapidísima, cada vez más amplia, de notas en los restantes instrumentos. La melodía está parcelada en pequeños gestos encomendados a instrumentos diferentes, cuyos timbres se funden con el instrumento que les antecede y con el que les sigue.
El La del oboe señala el comienzo de esta primera danza. En su coreografía, los bailarines deben ir apareciendo uno a uno, y la danza, siempre muy contenida y conceptual, debe ajustarse a los siguientes criterios, en relación con la música:
- Los bailarines deben agruparse en parejas hombre/mujer, alternándose sistemáticamente para la realización de los distintos movimientos, y sin que en ningún momento se produzcan movimientos en dos o más parejas. Por tanto, debe tratarse de una danza colectiva y, al mismo tiempo, individual.
- En los fragmentos melódicos, cada gesto debe ser bailado, alternativamente, por cada uno de los miembros de la pareja a la que corresponde el fragmento, procurando una continuidad absoluta de uno a otro.
- En los fragmentos cadenciales (notas largas sobre notas rapidísimas), los bailarines detienen completamente el movimiento, que debe reanudarse con el siguiente fragmento melódico.
Grabación estreno (baja calidad): Orquesta Sinfónica de Galicia. Dir.: Gilbert Varga (La Coruña, 26 de marzo de 1998)
Primera página de Klangfarben Pas de deux, de Dos danzas sinfónicas
II. Pas de deux (Vals)
Esta segunda pieza de las Dos danzas sinfónicas pretende recrear un intercambio de lenguaje estético -clásico y contemporáneo- entre dos ideas que se entrecruzan, con un vals como punto central de confluencia. La música -y la coreografía a la que, en su caso, serviría de apoyo- se ajusta al siguiente planteamiento argumental:
La bailarina (personificada musicalmente por la flauta y el violín) comienza sola su danza, dentro de un estilo plenamente académico. Sus movimientos son seguidos por una luz muy concentrada. Al ir entrando los restantes instrumentos, otra luz reclama el interés sobre un cuerpo, cubierto con una tela negra. Liberándose de ella, aparece el bailarín, que baila junto con la bailarina, pero en un estilo plenamente contemporáneo que hace imposible un encuentro pleno entre ambos. A medida que la música empieza a evolucionar hacia el vals central de la pieza, los movimientos del bailarín se van volviendo progresivamente más académicos. La llegada del vals marca el único punto en que los movimientos de ambos confluyen en una idea estética común.
Al término del vals sucede una aceleración en la música. La bailarina entra en un frenesí que el bailarín no puede seguir, arrastrado por la inercia del vals. Los movimientos de ella son cada vez más contemporáneos, mientras que los de él son ya, hasta su final, plenamente clásicos.
El bailarín cesa (muere) al mismo tiempo que lo hace la música orquestal, desapareciendo la luz que lo ilumina y quedando la bailarina sola en escena hasta el final -siempre en un estilo muy contemporáneo-, para extinguirse de forma similar sus movimientos, junto con la música y la luz.
Grabación estreno (baja calidad): Orquesta Sinfónica de Galicia -Claudia Walker, flauta; Massimo Spadano, violín-. Dir.: Gilbert Varga (La Coruña, 26 de marzo de 1998)
Primera página de Pas de deux (Vals), de Dos danzas sinfónicas
Grabación: Proyecto Gerhard. Dir.: José Luis Temes (Madrid, Sala de Cámara del Auditorio Nacional de Música, 25 de febrero de 1999)
I. Klangfarbenpas de deux II. Pas de deux (Vals)
Concierto pedagógico
Por Gonzalo Figueroa
(Crítica publicada en el Diario de Cádiz. Cádiz, 23 de noviembre de 2007)
Para los que nos formamos dentro del clasicismo, el concierto en el Falla de la Orquesta Filarmónica de Málaga y su grupo de cámara no resultaba fácil de asimilar. Destinado a homenajear al fallecido Francisco Guerrero, maestro de música contemporánea y cuya estela empapa a varios compositores relacionados con su cátedra, representaba todo un desafío. Porque, para enfado de los críticos, debemos reconocer que la apreciación popular respecto de las creaciones artísticas ha venido evolucionando con creciente rapidez. Así, Béla Bartók o Schönberg, que en su momento hicieron a muchos rasgarse las vestiduras, hoy son clásicos intocables. Y algo de ello preocuparía al animoso José Luis Temes, que explicó cada una de las obras que dirigiría.
[...]
El concierto terminó con [...] dos danzas de La raya en el agua, de José Luis Turina (1952), ambos próximos a Guerrero. […] Y en Turina encontré semioculto un sentimentalismo algo bucólico, no exento de zozobra, muy propio del argumento: amor entre bailarines.
Cuando recuerdo que James Joyce se inició con una obra poética, Música de Cámara (1907), estéticamente chocante y hoy es un escritor de culto, pienso que las composiciones aquí comentadas, para mí experimentales y difíciles, quizá tengan un esplendoroso futuro.
Música española exportada
Por José Luis García del Busto
(Crítica publicada en el diario ABC. Madrid, 12 de enero de 2001)
Vengo de asistir en Muních, al estreno allí de dos «Danzas sinfónicas» de José Luis Turina, orquestación -magistral, por cierto- de páginas para conjunto instrumental contenidas en su espectáculo «La raya en el agua». La composición era presentada en el concierto sinfónico anual que el madrileño Carlos Domínguez-Nieto promueve y dirige a una orquesta de jóvenes y espléndidos músicos agrupados bajo la denominación de Concierto München. Las «Danzas» de Turina fueron magníficamente interpretadas y muy aplaudidas por el abundante público muniqués congregado. Lo mismo había sucedido el pasado año con un estreno de Jesús Rueda.
En los últimos años he presenciado y contado en estas páginas éxitos muy grandes del propio Rueda en Amsterdam, de Palomo en Berlín, de Luis de Pablo en Bruselas y en Estrasburgo, de López López también en Estrasburgo, de Halffter en Dresde... Naturalmente los brillantes resultados obtenidos por nuestra música en sus correrías europeas no me han sorprendido. Muchas veces he dicho que para que una música guste a un público abierto, basta con que ésta sea buena y esté bien interpretada. Nada menos, pero también nada más: repárese en que bastantes intérpretes, gestores de orquestas y promotores de conciertos piensan que también es necesario que la obra sea de determinada orientación estética. Ellos deciden lo que le puede o le debe gustar al público y hasta, si viene al caso, culpan al pobre público de que les obliga a programar siempre lo mismo. Quizás, antes de programar hacen un científico referéndum y yo no me entero.
Por mi parte, no pienso renunciar a cantar las glorias de los Albéniz, Turina, Falla y Rodrigo, pero aspiro a que nuestras embajadas musicales al exterior -especialmente las giras de nuestras orquestas no insistan en que la música española «es» la de esos autores, como si en ellos hubiera empezado y acabado. Convendría plantearse seriamente lo de comenzar a presentar con naturalidad, con criterio, con rigor, con convicción la otra música española, la de la España de hoy, que es la nuestra. Y si la cosa es que la música española actual no gusta a quienes programan, díganlo. Pero, por favor, abandonen de una vez los cerros de Úbeda y dejen en paz al público, no proyecten en él sus propios fantasmas. El público, primero, no es idiota y, segundo, sabe defenderse sólo.