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JOSÉ LUIS TURINA
Por José Luis Temes
(Notas para el libreto del CD de
Exequias y el
Concierto para violín y orquesta – 2014)
José Luis Turina es una de las figuras más atractivas de la generación de compositores españoles nacidos en la década de los años 50, junto con otros colegas tan notables como Francisco Guerrero, Alfredo Aracil, Jorge Fernández Guerra, José Manuel López, y otros muchos. Bien es verdad que el solo enunciado de estos otros colegas nos advierte de lo heterogénea que es musicalmente hablando esta generación, lo que sin duda ha supuesto un factor de enriquecimiento para la estética musical española de estos últimos años.
Nieto del célebre Joaquín Turina -uno de los más genuinos representantes del nacionalismo español de comienzos del siglo XX, en torno a la figura de Manuel de Falla- nació nuestro autor en Madrid en 1952. Tras brillantes estudios en el Conservatorio de la capital, y aunque inicialmente pensó enfocar su carrera como intérprete, su aparición pública como autor de
Crucifixus (1979) inició la que sería ya su brillante carrera como creador. Se ha dicho mil veces que la clave del éxito de las obras de Turina -sin duda uno de los compositores de mayor éxito y difusión de su generación- se ha debido a su sabia síntesis entre tradición y modernidad; es posible que esto tenga algo de cierto, pero quizá nos guste más encontrar la causa de esta consideración como "valor seguro" de su música, en la síntesis entre inquietud innovadora con un sólido oficio artesanal; lo que hace que su música siempre tenga mucho que decir, incluso a oyentes no dados a novedades de lenguaje.
José Luis Turina ha compaginado su tarea de compositor con diversos cargos de gestión, siempre con el denominador común de la educación musical y la inquietud por la formación de las nuevas generaciones: primeramente como profesor en los conservatorios de Madrid y Cuenca, luego en la elaboración de la nueva legislación musical -que transformó tan sustancialmente la enseñanza musical en toda España-, y actualmente en cuanto director artístico de la Joven Orquesta Nacional de España.
LAS OBRAS CONTENIDAS EN ESTE DISCO
Tras la temprana experiencia de
Ligazón (ópera de pequeño formato, estrenada en Cuenca en 1982), la segunda obra vocal de cierta envergadura de José Luis Turina fue
Exequias, in memoriam Fernando Zóbel. Dos factores se aunarán como motores de la composición de esta obra: de una parte, el fallecimiento súbito, inesperado, del gran pintor Fernando Zóbel, ocurrido en junio de 1984 en Roma. Zóbel, que había mantenido una buena amistad con nuestro compositor, residía en Cuenca la mayor parte del año y allí tenía colgada su fantástica colección de arte español reciente (hoy, Museo de Arte Abstracto de Cuenca). Por eso era persona muy significada
y querida en la ciudad. José Luis Turina ha escrito: "Recuerdo como una de las experiencias más impactantes de mi vida el silencio que se hizo en la Plaza Mayor (de Cuenca) a la llegada de sus restos mortales, y el no menos sobrecogedor que los acompañó a pie hasta el cementerio de San Isidro. Por eso mi réquiem acaba con una "Processio ad coemeterium".
Y de otra, la formulación a Turina del encargo que anualmente convocaba, y sigue convocando, la Semana de Música Religiosa de Cuenca (no se olvide que en aquellos años Turina semirresidía en aquella ciudad, en cuanto profesor y director de su Conservatorio) a un compositor español, y que tan extraordinarios frutos ha dado a lo largo de sus ya más de cincuenta años de trayectoria. La obra habría de estrenarse en la Antigua Iglesia de San Miguel, el 3 de abril de 1985, día de Miércoles Santo.
Tenemos la impresión de que, de no haber mediado el encargo de la Semana de Música Religiosa, el inicial impulso de Turina, buen admirador y amigo de Zóbel, hubiera sido componer en su memoria una música laica, con más o menos carga de trascendencia o reflexión humanística. Pero si se decantaba por aunar el pendiente encargo de la Semana conquense con su deseo de componer en memoria del pintor fallecido, esa música había de tener un marcado signo de religiosidad cristiana. José Luis Turina ha expresado repetidas veces su condición de no creyente, pero también de profundamente respetuoso con cualquier otra actitud ante el enigma del ser humano. Como mente abierta que es y buen hombre de la cultura, Turina no tuvo inconveniente en poner su creatividad al servicio de los textos cristianos de la Misa de Exequias. Eso sí, optó por la variante moderna de la misma, que, con una visión más optimista de la vida y el más allá, prescinde del "Dies Irae" y se mueve en un entorno más esperanzado al sustituirlo por un "Aleluya".
Quizá por las dimensiones del templo que iba a acoger el estreno, pero también en relación al tipo de música que convenía a la memoria de un hombre tan austero como fue Fernando Zóbel, Turina optó por un réquiem intimista, casi de cámara, con una orquesta reducida: no más de cuarenta ejecutantes y un coro que puede no ser numeroso; pero además, es necesario el concurso de un coro especializado en el canto gregoriano, cuya misión es el enunciado en canto llano de cada uno de los fragmentos de que consta la misa de difuntos; sólo en el último número unirá sus voces a las del coro "convencional" y a la orquesta. (Eventualmente ambos papeles corales pueden ser desarrollados por el mismo grupo vocal, como sucede en esta grabación.)
La obra causó una espléndida impresión ya desde su estreno, dirigido por José Ramón Encinar, en el marco de la Semana de Música Religiosa que la había encargado. Se repitió tiempo después en la iglesia de San Pablo, también en la ciudad conquense, en sesión dirigida por el maestro Odón Alonso. No nos cabe duda de que estamos ante una obra cumbre del pensamiento de su autor, e imprescindible entre los mayores logros de la música española del último tercio del siglo XX.
El
Concierto para violín y orquesta y el concierto para clave y orquesta titulado
Variaciones y desavenencias sobre temas de Boccherini son obras casi simultáneas en su composición, y de hecho sus respectivos estrenos, en septiembre de 1988, estuvieron separados por sólo dos días.
El
Concierto para violín tiene su origen en un encargo que el Centro para la Difusión de la Música Contemporánea, personificado entonces en su director, Tomás Marco, formuló a Turina con vistas al Festival Internacional de Alicante en su edición de 1988. El resultado será una vez más una plena diana, pues este concierto se convertirá en uno de las obras concertantes más importantes de las últimas décadas en España.
Nuestro admirado Víctor Martín fue el encargado del estreno alicantino junto a la Orquesta Sinfónica de Tenerife dirigida por su entonces titular, Víctor Pablo Pérez, quienes también dejaron una espléndida versión discográfica y protagonizó luego inolvidables jornadas de éxito con este concierto.
Turina divide el concierto en tres partes muy claramente diferenciadas. La primera es muy original en su construcción, pues el violín canta con abierto lirismo sobre el acompañamiento tímbrico que le ofrece únicamente la percusión sobre parches no afinados; a veces también son los demás instrumentos de cuerda quienes arropan al solista, pero siempre con ruidos y con percusiones sobre la caja del instrumento. Este tipo de utilización iconoclasta de los instrumentos de cuerda es en principio muy ajeno al tipo de escritura habitual en Turina, pero está utilizado aquí con un detallismo poético muy lejano al sentido de mero efecto con que se utilizó tantas veces en décadas anteriores.
En el segundo tiempo encontramos acaso por vez única en la producción turiniana extensos pasajes sobre el sistema dodecafónico ortodoxo; o por mejor decir, endecafónico, pues todas las series y sus transposiciones presentan no doce notas sino once: el Sol está siempre ausente, lo que hace «cojear» la perfecta geometría del sistema y sus series derivadas, que tanto cautivara a Alban Berg. A esta sección serial le seguirá una transición logradísima, de fuerte y emotiva personalidad, construida íntegramente sobre un acorde arpegiado ambiguo de Do Mayor, al que algunas notas añadidas confieren una cierta ambigüedad armónica. El último movimiento es el más libre e intenso y caminará hacia el silencio final, con un violín solista que termina contagiándose de la tímbrica de las percusiones y concluye diluido en el rumor de las leves percusiones sobre su caja armónica.
Lo tiene todo
Por Francisco Ramos
(Crítica publicada en el nº 301 de la revista
Scherzo, noviembre de 2014)
Como son contadas las grabaciones con música de los autores de la generación española de los años 50, cada novedad hay que recibirla con gozo. Ésta de José Luis Turina (n. 1952) supone un aporte importante en la fonografía, pues tiene el aficionado aquí la oportunidad de conocer de primera mano dos ejemplos del excepcional hacer de uno de nuestros autores más conspicuos. Y llama la atención que Turina lo hace desde el uso del lenguaje más ortodoxo, empleando géneros tan visitados como el del concierto con solista. Es tal la habilidad de Turina para vestir de nuevo, y habría que añadir, de agradable y refinado, el legado de la tradición (el canto gregoriano, en
Exequias, el duelo entre violín y orquesta en el
Concierto), que es muy difícil que no se dé, en su caso, una amplia recepción de su música. Turina lo tiene todo para que su obra cale hondo en el aficionado: un trazo ligero, en donde los elementos que conforman el homenaje a Zóbel, que es
Exequias, no caigan en el pastiche, y una manera renovada, pero sin perder nunca el buen gusto, en el enfrentamiento entre solista y orquesta en el
Concierto. Aquí, el uso de las percusiones convierte a la obra en una rara avis, pues muy pocas veces se habrá hallado el oyente ante un juego entre el solista, el que viene marcado por la tradicional línea del violín, y los timbres originados por las percusiones. La primera sección es sorprendente a tal efecto, pues la percusión domina el espectro sonoro y se crea en la escucha un especial encanto. Para el final, Turina reserva lo mejor: en lugar de cerrar la pieza de manera evidente, da protagonismo a las percusiones, que, en un tono apagado, dejan que la obra se diluya en el silencio.
José Luis Turina: volviendo el oído a los 80
Por Germán Gan Quesada
(Crítica publicada en
El arte de la fuga y en la página web de
La Quinta de Mahler, octubre de 2014)
Exequias (In memoriam Fernando Zóbel), la obra que abre este CD en forma de primicia discográfica mundial, es la segunda pieza vocal de envergadura que figura en el ya amplio catálogo de José Luis Turina. Escrita en 1984 con motivo del fallecimiento del pintor,
Exequias es un sentido homenaje de nuestro compositor a uno de los personajes más destacados de la vida cultural conquense. Abiertamente contrastada en sus planteamientos creativos y emocionales, el
Concierto para violín tiene su origen, por otro lado, en un encargo del CDMC de 1988. La calidad de las interpretaciones a cargo de la Orquesta de Córdoba, el Coro Ziryab y Ara Malikian al violín, todos bajo la batuta del incansable José Luis Temes, rubrican una grabación extraordinaria.
Tras dos entregas anteriores, concebidas como retrato orquestal (2008) y antología de su música de cámara (2013), vuelve Verso al ataque con la música de José Luis Turina, mostrándonos, con una Orquesta de Córdoba y Coro Ziryab entonados bajo la batuta del ubicuo José Luis Temes, la estatura orquestal que el compositor madrileño había ya alcanzado, apenas treintañero, en esa década de 1980 en que la "movida" también sobresaltó los acomodados cimientos de la vanguardia musical española.
De las dos obras incluidas, tan solo del
Concierto para violín y orquesta (1987) contábamos con una grabación previa, poco difundida (Col Legno, 2005). Es, pues,
Exequias, in memoriam Fernando Zóbel (1984) primicia absoluta y, como tantas obras encargo de la Semana de Música Religiosa de Cuenca, merecedora de más amplio recorrido que el estreno que la comisión del festival asegura; fruto del encuentro y amistad personales de Turina con el pintor –una de cuyas bellas imágenes fluviales ilustra la portada del disco–, estas
Exequias siguen de cerca el modelo litúrgico del
Officium defunctorum, tanto en la forma (salvo por la supresión de la secuencia "Dies Iræ") como en la materia musical, ya que cada una de sus partes se encabeza con la puesta en música gregoriana del oficio.
Actúa, a partir de esta premia estructural, la orquesta como "glosadora" del contenido semántico y sonoro del núcleo gregoriano, que sirve también al compositor como germen temático, como en el denso tejido inicial del "Introitus" o en la intensificación melismática del "Alleluia", dándose la mano a menudo con un concepto coral homofónico terso que contrasta llamativamente con la tensión armónica de la escritura instrumental. Se alumbran así momentos de enorme poderío climático (el citado "Alleluia"), convincente dramatismo ("Tractus") y capacidad de invención melódica ("Communio"), culminando en la "Processio ad cœmeterium" en un final abierto a la esperanza.
Por su parte, el
Concierto para violín y orquesta, cuya parte solista asume con espectacular solvencia Ara Malikian, resume una postura estilística que, en su momento, cupo tachar (más que calificar) de posmoderna y que, a treinta años vista, certifica la intuición de Turina sobre la necesidad de un saludable eclecticismo: queda lugar tanto para la sorpresa tímbrica, caso del inicio del primer movimiento sobre sonidos puramente percusivos, como para el canto solista –en el imaginativo segundo movimiento,
scherzante– o la reinvención de materiales tonales, anunciados en la
cadenza que da paso al tramo conclusivo. Cuanto se deriva del "desmenuzamiento" y expansión de un arpegio de Do amenazado, incómodo en los resabios de dinámicas modernistas y en las tensiones armónicas superpuestas, se resuelve de nuevo en un pasaje percusivo súbito,
objet trouvé que interrumpe la placidez del discurso antes de retornar al clima ensimismado del inicio de la obra: ratificación de la incertidumbre como motor de una propuesta estética, la de José Luis Turina, siempre alerta.
FECHA DE PUBLICACIÓN
01/09/2014
INTÉRPRETES
Ara Malikian, violín
Orquesta de Córdoba
Coro Ziryab. José Luis Temes, dirección
CONTENIDO
José Luis Turina (1952):
Exequias (In memoriam Fernando Zóbel) 1984 [41.40]
01 I. Introitus [5:17]
02 II. Graduale [6:10]
03 III. Alleluia [6:53]
04 IV. Tractus [8:42]
05 V. Offertorium [6:25]
06 VI. Communio * [3:21]
07 VII. Processio ad coemeterium [5:01]
(* Laura Llorca, flauta)
Primera grabación mundial / First world recording
Concierto para violín y orquesta 1987 [30:30]
08 I. [8:26]
09 II. [12:53]
10 III. [9:12]
1 CD - DDD - 72'20'