
Obras orquestales de José Luis Turina
Por José Luis Temes
(Notas para el libreto del CD José Luis Turina correspondiente al 12º Ciclo "Compositores contemporáneos" de la Orquesta Filarmónica de Málaga – Málaga, 2005)
El presente disco contiene cinco de las siete obras orquestales que hasta la fecha han salido de la pluma de José Luis Turina. Las otras dos, Punto de encuentro (1979) y Pentimento (1983), son anteriores en el tiempo y han sido ya grabadas y publicadas anteriormente en versión de José Luis Temes al frente de la Orquesta Filarmónica de Londres y de la Filarmónica de Poznan, respectivamente.
Hablemos primero de la Fantasía sobre una Fantasía de Alonso Mudarra. Recordará el lector que los años 80 del pasado siglo fueron los del boom de la Orquesta Sinfónica de Tenerife, quizá pionera de las españolas en demostrar que una orquesta podía llegar a un alto nivel interpretativo orquestal desde localidades apartadas de los grandes centros históricos musicales del pasado, especialmente Madrid o Barcelona; y que una ciudad relativamente modesta como Santa Cruz de Tenerife podía ser sede de una orquesta de enorme calidad. Pues bien, su titular, Víctor Pablo Pérez, y su gerente, Enrique Rojas, formularon a Turina el encargo de una obra con dos condicionantes: que se atuviese a las dimensiones de una orquesta con vientos a 2, como era la de Tenerife -no se olvide que tanto Pentimento como Ocnos requerían muy gran dispositivo orquestal-, y que resultase una obra brillante, efectiva y eficaz para llevar en repertorio y enventualmente tocar como bis en sus numerosas giras.
Es bien conocida la querencia de nuestro protagonista a reinterpretar las músicas del pasado, así como el planteamiento estético y cultural que subyace tras ella. En este caso Turina volverá la vista hacia nuestro Alonso de Mudarra (1510-1580), y en concreto sobre la Fantasía décima de su colección de fantasías para vihuela. Téngase presente que estas fantasías de Mudarra son a su vez recreaciones sobre otras músicas de la época del maestro. De tal manera, Turina recrea una obra de Mudarra, que a su vez es una recreación de otra música de la época. Lamento de veras que Tomás Marco en algún texto se me haya adelantado en la ingeniosa denominación de «variación tipo muñeca rusa» para definir este procedimiento, que encontramos también, por citar otro ilustre ejemplo, en la Ritirata notturna di Madrid, de Luciano Berio. Dos tiempos vivos y vistosos enmarcan un tiempo central de corte modal, casi de canto llano, magistralmente tratado. Como corresponde a la finalidad del encargo, la obra es eficaz en grado sumo y de un brillo orquestal encantador, sin perder su punto de sobriedad.
También por encargo de otra orquesta, en este caso la de la Radio Televisión Española, surgirá tres años después su siguiente página sinfónica. Consideraba entonces Turina la posibilidad de una futura obra escénica sobre el libro de Alejo Carpentier titulado El arpa y la sombra, cuando le llegó la referida propuesta de encargo. Por el momento Turina había bocetado sólo los que hubieran sido los preludios de las tres partes en las que iba a estar dividida la obra. De manera que, enhebrando aquellas tres futuras piezas introductorias elaboró un tríptico sinfónico, de título homónimo al de la novela, en que las partes se suceden sin interrupción. El libro de Carpentier tiene como eje la figura de Cristóbal Colón y la mitificación que de su figura y su obra se ha hecho a lo largo de los siglos. Como tal pieza sinfónica -que mi querido tocayo tuvo la gentileza de dedicarnos a Rosa María Molleda, mi mujer, y a mí- la obra obtuvo un gran éxito en su estreno por la Orquesta encargante dirigida por su entonces titular Sergiu Comissiona. Si bien es cierto que todos esperábamos con expectación su continuidad en la proyectada obra escénica, pronto el compositor derivó sus intereses escénicos hacia otros objetivos, y lo cierto es que jamás volvería ya sobre el libro de Carpentier, que había generado así una excelente obra sinfónica pero que no vería ya nunca la luz en forma escénica.
Diez años después de su estreno, y dado el carácter eminentemente escénico y expresionista que estaba en la génesis de El arpa y la sombra (1991), José Luis Turina redescompuso esta obra en sus tres partes originales -El arpa, La mano y La sombra- y, con pequeñas modificaciones, las reutilizó como preludios a los respectivos tres actos de su ópera D.Q. (Don Quijo- te en Barcelona), y de hecho la obra aquí recogida coexiste indistintamente con su título original y con el de D.Q. (Don Quijote en Barcelona): Preludios.
Tras un nuevo silencio orquestal de tres años, un encargo de Cajamadrid nuevamente con destino a la Orquesta de Tenerife -que, recordémoslo, ya había sido el motor de la Fantasía sobre Mudarra- dará pie a nuestro protagonista a plasmar un proyecto varias veces acariciado en el pasado: una muy libre «réplica» de la Obertura de El barbero de Sevilla, de Rossini, una de las obras que José Luis más modélicas en su género considera. Quede claro, no obstante, que Música fugitiva, que así se titulará este nuevo trabajo, no es ni una serie de variaciones, ni una reelaboración, ni siquiera una fantasía sobre la mencionada obertura, por lo que, salvo algún momento aislado, tal génesis pasa completamente inadvertida al oyente.
En realidad, Música fugitiva es la suma de dos fragmentos aislados -de hecho el autor subtitula la obra como «Dos estudios sinfónicos»- que bien pudieran funcionar autónomamente. Bárbara armonía, que así se titula el primero, se abre en tiempo rápido y el material viene dado por los acordes y las figuraciones del tiempo lento que inician la obertura rossiniana, aunque muy libremente reelaborados; un solo de oboe da paso a una sección central de tintes enigmáticos, que desemboca en una reexposición en tiempo vivo. A mezza notte in punto, segundo de los estudios, es una transformación en tiempo lento del primer pasaje en tiempo rápido de la misma obertura; cada sección de la cuerda actúa dividida en dos subsecciones, una de las cuales evoca un proceso armónico tonal que puede dar al oyente avispado -muy avispado- la pista del origen último y rossiniano de la obra.
Dedicada por Turina a su hijo Luis, Música fugitiva fue estrenada por la Orquesta Sinfónica de Tenerife en La Laguna (Tenerife) en abril de 1992. El poético título está tomado de un verso de un soneto de Gerardo Diego, dedicado a la memoria de Robert Schumann.
De cuantas orquestas existen hoy día en España, es la Orquesta Sinfónica de Madrid la más antigua de todas, no teniendo en cuenta para esta afirmación sólo el que se haya fundado hace más tiempo -criterio por el cual la más antigua sería la Pablo Sarasate de Pamplona- sino que no haya dejado de mantener una vida activa en ningún momento desde su fundación. La Orquesta Sinfónica de Madrid fue una escisión de la Orquesta de la Sociedad de Conciertos que fundara Barbieri, e hizo su primera aparición pública en el año 1904.
Viene este preámbulo a cuento de recordar que en 1994 esta excelente orquesta era la primera en España en cumplir 90 años de existencia. No es esta edad una cifra redonda que suela conllevar celebraciones especiales, pero es menester recordar que por aquel año la vida de esta orquesta atravesaba una situación crítica en función de su incierto futuro paralelo a la reapertura del nuevo Teatro Real. Por ello, los responsables de la orquesta pusieron en marcha una serie de iniciativas destinadas a llamar la atención de la opinión pública sobre su brillantísimo pasado y sobre su vocación de modernidad. Entre estas acciones figura el encargo de una serie de composiciones musicales destinadas a festejar sus nueve primeras décadas de vida.
Uno de estos encargos recayó sobre José Luis Turina, quien respondió a la invitación con Fantasía sobre doce notas, que no dudamos en calificar de pequeña obra maestra; y entiéndase lo de pequeña no más que por sus dimensiones, obligatoriamente reducidas. Aunque tampoco ahora sea éste un dato que trascienda al oyente, Turina jugará con los doce sonidos de la escala cromática -lo cual no quiere decir en modo alguno que ésta sea una obra dodecafónica- como su abuelo don Joaquín jugara con los cinco que resultan más o menos ortodoxamente del apellido ARBÓS (La, Re, Si bemol, Do, Sol) cuando en 1933 compusiera otra obra (titulada Fantasía sobre cinco notas, de donde deriva el nieto su título) para felicitar al maestro que fuera titular de la Orquesta Sinfónica de Madrid durante más de treinta años.
La Fantasía presenta dos secciones claramente delimitadas: un bellísimo crescendo muy emparentado con los que abren Pentimento o a la otra Fantasía sobre Mudarra, y una sección de corte melódico-armónico de encantadora sonoridad, que se diluye en el mismo silencio con que comenzó la obra. Está dedicada, obviamente, a la Orquesta Sinfónica de Madrid y fue estrenada por esta formación a las órdenes de nuestro amigo y admirado José Ramón Encinar, de trayectoria tan ligada, sobre todo en aquellos años, a la de la Sinfónica.
Esta nueva Fantasía de hace ya más de once años es hasta hoy la última creación orquestal propiamente dicha del catálogo de Turina, puesto que la última obra que nos queda por referir, Dos danzas sinfónicas, es en realidad una orquestación de dos fragmentos camerísticos ya preexistentes.
Recuerdo con toda exactitud cuando en el curso de los ensayos musicales de su espectáculo La raya en el agua, en nuestro local de ensayo del Grupo Círculo de la 5ª planta del madrileño Círculo de Bellas Artes, leíamos el Grupo Círculo por vez primera la escena titulada Pas de deux (Vals). Todo fue admiración por la belleza de los pentagramas que teníamos en los atriles y creo que todos también hicimos el mismo comentario en la pausa para tomar café: aunque aquella escritura era perfectamente camerística, la música estaba pidiendo a gritos la rotundidad de la orquesta sinfónica. Pronto le trasladamos a Turina esta unánime consideración, recibiendo una suspensiva sonrisa por toda respuesta; pero estoy convencido de que él también participaba de aquella impresión.
Así las cosas, debemos trasladarnos ahora dos años después, a 1997, en un momento en que José Luis Turina se hallaba en un agobio de trabajo. Fue a mediados de ese año cuando la excelente Orquesta Sinfónica de Galicia le propuso un encargo sinfónico con una cierta premura, que, por el agobio apuntado, Turina consideró declinar no sin gran disgusto. Pero orquesta y compositor hallaron al final la solución satisfactoria concretando el encargo en aquélla dos años atrás pensada orquestación a partir de La raya en el agua. Turina eligió no sólo el fragmento antes referido sino también la escena titulada Klangfarbenpas de deux -título que guiña al carácter danzable de la pieza y a la «Klangfarbenmelodie» (melodía de timbres sonoros propuesta por Schoenberg)- conformando así la nueva obra orquestal, que tituló Dos danzas sinfónicas. La traslación a la orquesta es casi literal, e incluso el Vals mantiene en esta versión orquestal el extenso dúo para violín y flauta del original camerístico.
(Texto extraído del libro monográfico sobre JOSÉ LUIS TURINA, original de JOSÉ LUIS TEMES, editado por la Orquesta Filarmónica de Málaga con motivo de las Jornadas de Música Contemporánea 2005)